No importa cuanto tiempo deseaste haber terminado una época en tu vida, cuando llega el momento de decir adiós simplemente la nostalgia invade. Llevaba seis años de mi vida deseando mi título universitario y a falta de 24 meses lo sentía a años luz de mi, yo solo quería terminar, pero de repente me encuentro a solo unos días de concluir las materias, unos últimos trabajos me recuerdan que no regresaré en mucho tiempo a las aulas, que las charlas en hora de almuerzo llegan a su final.
Es así como me doy cuenta que ha llegado el momento de crecer, sí, a mis 24 años y apenas estoy hablando de crecer, pero se viene un monstruo llamado mercado laboral, tan
intimidante como necesario, el salir de la universidad me dice que mis obligaciones ya no serán solo tener buenos promedios y cumplir con los deberes. Aún me queda la práctica profesional, pero es solo una prueba de lo que vendrá después de la graduación.
Ser madre durante este proceso, haber conocido generaciones y generaciones de estudiantes, fueron en su momento golpes emocionales que me decían que estaba creciendo y aún no terminaba mi carrera pero hoy me doy cuenta que fueron situaciones sumamente necesarias para poder madurar y salir con la seguridad con la que me graduaré.
Me queda muchísimo para aprender, pero me emociona el hecho de hacerlo fuera de un aula, en plena práctica y quizás hasta en prueba y error. La madurez que me dieron estos seis años me dan tanta confianza como para no tener miedo a equivocarme, a que me corrijan y a explorar hasta lo más básico en la comunicación.
A una semana de concluir mi vida de estudiante (por el momento), solo puedo rememorar y sentirme agradecida con Dios y la vida por enseñarme que me equivocaba cuando quería graduarme rápido, que vendrían mejores lecciones para crecer, hoy estoy preparada para cerrar este ciclo y empezar nuevos aprendizajes.
La nostalgia me invade, si, pero ya no tengo miedo, al menos no como hasta hace unos meses.

